TDAH y fases de Eric Ericson

Las etapas del desarrollo de Erikson son importantes para entender qué desafíos tiene que superar una persona para llegar a ser adulto. Nosotros vamos a coger como modelo las etapas del desarrollo infantil de Erik Erikson.
























Erik Erikson (1902–1994) fue un psicoanalista germano-estadounidense conocido por ampliar la teoría del desarrollo de Freud hacia una visión psicosocial del crecimiento humano.
Formado en Viena con Anna Freud, emigró a EE. UU. en los años 30, donde trabajó en Harvard y Yale.
Propuso las ocho etapas del desarrollo psicosocial, desde la infancia hasta la vejez, centradas en la formación de la identidad.
Su obra más influyente, Childhood and Society (1950), introdujo el concepto de crisis de identidad.

Erikson integró la psicología, la cultura y la historia en una visión humanista del desarrollo vital. 











Las 8 etapas del desarrollo psicosocial de Erik Erikson 

Confianza vs. Desconfianza

Edad: 0 a 18 meses 

El bebé desarrolla confianza cuando sus necesidades son atendidas de forma consistente. 

La desconfianza surge cuando el cuidador es negligente.

Autonomía vs. Vergüenza y duda 

Edad: 1.5 a 3 años 

El niño comienza a desarrollar control sobre su cuerpo y decisiones. 

Si se le reprime o ridiculiza por sus intentos, puede surgir vergüenza y duda.

Iniciativa vs. Culpa 

Edad: 3 a 5 años 

El niño explora el entorno, plantea ideas y busca ejercer iniciativa. 

Si se le desalienta constantemente, puede desarrollar un sentido de culpa.

Laboriosidad vs. Inferioridad Edad: 

Edad: 6 a 11 años 

En la escuela y otros entornos, el niño busca sentirse competente. 

El fracaso repetido o la falta de reconocimiento puede generar sentimientos de inferioridad.

Identidad vs. Confusión de roles 

Edad: 12 a 18 años 

El adolescente explora quién es, sus valores, intereses y rol social. 

La falta de dirección o validación puede llevar a una crisis de identidad.

Intimidad vs. Aislamiento 

Edad: 18 a 40 años 

El adulto joven busca relaciones profundas y vínculos significativos. 

La dificultad para establecer intimidad puede derivar en aislamiento.

Los esquemas cognitivos de una persona tienen su origen en gran medida en las interacciones sociales y desafíos de la infancia

La teoría del desarrollo psicosocial de Erik Erikson describe una serie de etapas desde la niñez, cada una con una crisis central (confianza vs desconfianza, etc.), cuya resolución en positivo o negativo, influyen en la personalidad y el concepto que el niño tiene de sí mismo.

En cada etapa, el niño con TDAH, tiene que afrontar situaciones difíciles para su desarrollo. 

Y las características propias de su trastorno, como la  INATENCIÓN o la IMPULSIVIDAD, no le suelen ayudar.

Confianza vs. Desconfianza

En los primeros años de vida, los niños con TDAH pueden presentar rasgos del trastorno, tales como hiperactividad o baja tolerancia a la frustración. 

Según el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición), el diagnóstico de TDAH requiere que varios síntomas de desatención o hiperactividad-impulsividad han estado presentes antes de los 12 años de edad. Esto no significa que el diagnóstico deba hacerse necesariamente antes de los 12, sino que debe existir evidencia de que los síntomas comenzaron en esa etapa del desarrollo.

Este cambio es relevante porque en el DSM-IV se exigía que los síntomas comenzaran antes de los 7 años, lo cual limitaba el reconocimiento de casos que se manifestaban de forma más evidente en contextos posteriores, como la escuela primaria o secundaria.

Puede que ciertos niños suponen  ya desde pequeños un desafío para sus cuidadores, y que el vínculo con los padres sea difícil. De ser asi, la relación de apego puede resultar disfuncional ya desde la temprana edad. 

En la etapa de confianza básica vs desconfianza (0-1 año), la  consistencia del cuidador respecto a las necesidades del bebé es crucial para que éste desarrolle la confianza básica en su vínculo con los padres. 

La sensibilidad y consistencia del cuidador son cruciales para que el bebé desarrolle seguridad. Si bien el TDAH como tal no se manifiesta plenamente, un temperamento complicado puede tensionar la capacidad de cuidar de los padres.

Un apego inseguro temprano puede entorpecer el desarrollo de la confianza básica, predisponiendo a mayor ansiedad y esquemas de inseguridad respecto al mundo.

Teoría de la metalización

La teoría de la mentalización, desarrollada por Fonagy y Target, y la teoría del apego de Bowlby y Ainsworth describen dos procesos que se construyen juntos desde el inicio de la vida. 

El apego es el sistema biológico que lleva al bebé a buscar seguridad y proximidad cuando se siente mal; la mentalización es la capacidad de entender la conducta propia y ajena en términos de estados mentales. 

En los primeros meses, el bebé no puede mentalizar; su mundo interno es puro sentir. La mente del cuidador es la que le presta esa función reflexiva: el adulto interpreta, marca y contiene lo que el bebé experimenta. Cuando el bebé llora, no basta con calmarlo físicamente; el cuidador le devuelve un reflejo afectivo modulado (“parece que te has asustado”, “estás cansado”), y en esa devolución el niño aprende que sus emociones son representables, comprensibles y regulables.

La seguridad del apego se convierte así en la base para el desarrollo de la mentalización. Un apego seguro se caracteriza por un adulto que regula, repara los desajustes y piensa en la mente del bebé; esto genera en el niño un modelo interno donde los afectos no son peligrosos, sino pensables.

El proceso evoluciona por etapas. 

En los primeros tres meses solo hay imitación y contagio emocional, sin mentalización. Entre los tres y los nueve meses aparece el “marcaje afectivo”: el cuidador refleja la emoción del bebé, pero la modula, enseñándole que la intensidad emocional puede contenerse. 

Hacia los nueve a dieciocho meses surge la comprensión de intenciones básicas y el uso de la figura de apego como base segura para explorar. Entre los dieciocho y treinta y seis meses el niño empieza a diferenciar su propia experiencia interna y a construir un “self psicológico”, el núcleo de la futura capacidad de mentalizar.

Cuando el apego es inseguro, el desarrollo de la mentalización se altera. 

En el apego ansioso-ambivalente, el cuidador es inconsistente y el niño se hiperactiva emocionalmente: la mentalización se vuelve frágil y excesivamente dependiente del estado del otro. En el apego evitativo, el cuidador es distante o poco responsivo; el niño aprende a no acudir al otro y desarrolla un estilo pseudoindependiente donde las emociones se desconectan y la mentalización se vuelve fría o rígida. En el apego desorganizado, relacionado con miedo, intrusión o trauma, la mente del cuidador es a la vez fuente de seguridad y de amenaza; aquí la mentalización colapsa en momentos de estrés, y el niño no consigue construir un modelo estable de sí mismo ni del otro.

En suma, la mentalización nace del apego. 

El bebé no se mentaliza solo: se mentaliza porque alguien lo mira como si tuviera mente. La calidad de esa mirada—marcada, reguladora, sintonizada—es lo que transforma el caos emocional en pensamiento, la intensidad en significado y la reacción en comprensión. 

Este proceso temprano es la base de la regulación emocional, de la empatía y del sentido de identidad que acompañarán al niño toda la vida.


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